Hoy he vivido un día muy intenso y lleno de gracias particulares.

Toda la mañana en el hospital. En la consulta de odontología me han dado una muy buena noticia. La doctora me ha comunicado que en los problemas bucales no hay nada maligno, paciencia y a esperar. Después he pasado a ferroterapia y me han transfundido en vena para mejorar el estado del hierro. He vuelto a la Residencia pasadas las tres y media, he descansado algo y a las cinco ya estaba abajo para presidir la misa. En la Parroquia a la que he ido para ayudar en el confesionario, cuando hemos terminado nos han invitado a  compartir una cena informal, en la que me he encontrado con personas conocidas y muy queridas. Una de ellas es Fernando Gigante, de Daimiel, al que conozco desde que era un jovenzuelo, al que le di clases en el Instituto y perteneció a un grupo juvenil de la parroquia de Santa María. Ha sido un encuentro providencial y muy hermoso. Hemos recordado aquellos tiempos maravillosos, que nos hicieron tanto bien y que permanecen vivos en el corazón, más que en el recuerdo; también he conversado con un familiar de Olga, una gran señora, que formó parte de un grupo de seglares en la parroquia de Daimiel.

Debo reconocer que estoy cansado al final de este día tan ajetreado, pero doy gracias por todo lo que en él he podido disfrutar. Lo cierto y verdad de todo ello está en el amor con el que me trata nuestro Buen Dios.