Apenas miro mis días pasados,
descubro mi niñez,
detrás de la pátina del tiempo
contemplando mañanas de luz y
atardeceres interminables,
colores brillantes
sobre blancos intensos
bañados de sonrisas.
El aire me incitaba a correr como vuelan los vencejos.
Ante cualquier novedad imprevista,
el corazón seducido por lo nuevo,
se movía a impulsos no medidos
y extrañamente bellos.

No conocía por entonces la memoria.
En el comienzo era la vida,
que irrumpía inesperada
y fijaba en mis adentro
las primeras experiencias
que iban a configurar mi identidad.

Los colores de luz iban a ser mis compañeros de por vida
Quizás en el azul están impresas las huellas
que dejaron el amor de mis mayores,
¿no estarán detrás del verde hierba
mis primeros silencios,
orquestados por el canto mañanero de mi padre,
recibidos y guardados hasta hoy
como sello que sellara los ancestros
que viven en el fondo de mi alma?

Críspula, mi tía me enseñó a valorar el blanco
porque unía a la luz la sencillez.
Un color que me encanta, además del azul y el verde,
es el ocre en sus distintas gamas.