Contaba con catorce años
cuando me vi en la necesidad
de hacer un alto en mi camino y
contestarme a unas preguntas
que hasta entonces no me había formulado
y en esos momentos
se levantaban hirientes para mí.

Fue entonces cuando las sombras del mal
comenzaron a ser algo real
y los miedos hicieron presa en mi carne.
Dudas e interrogantes surgieron en mis adentros.

La primera experiencia de la muerte
Me llegó de forma inesperada
y me hundió hasta tintar mi mente
de un violáceo desvaído
que encogió mi corazón
y encerró mi pensamiento
en un mundo de nadas desconocidas.

Contaba catorce otoños.
Un horizonte sin veladuras
y un futuro abierto
me invitaban a mirar confiado
el mundo que conocía,
cuando descubrí la otra cara de la vida.
Alguien como yo, de mi misma edad,
sin previo aviso, le agarró la enfermedad
hasta romperle y destrozarle el cuerpo.

Murió él y con él,
algo de mí se quebraba sin remedio.
La imagen de una vida
acompasada por la lucha y el esfuerzo,
desconocedora de la muerte,
desaparecería para siempre. 

La vida no era, como creía,
un campo a trabajar
abierto y seguro.
La precariedad de la existencia
me golpeo, con descaro,
haciendo añicos
la ingenuidad en la que aún vivía. 

La muerte no era una palabra,
Era algo capaz de destruir lo más amado
reduciéndolo a un eco sin sonido ni color.